jueves, 29 de diciembre de 2011

Walt Withman narra una batalla naval de los viejos tiempos


Canto a mí mismo:
(35)
¿Queréis que os narre una batalla de los viejos tiempos?
¿Queréis enteraros de quién la ganó a la luz de la luna y de las estrellas?
Escuchad el cuento tal como el abuelo de mi padre, que era marinero, me lo narró.
Nuestro enemigo no se dormía en su navío, te aseguro (me dijo):
Al caer el día se acercó disparando horriblemente contra nosotros.
Nos trenzamos con él, se enredaron las vergas, sonó el cañón.
Mi capitán trincaba firmemente con sus propias manos.
Habíamos recibido algunas balas de dieciocho libras bajo el agua.
En nuestra batería baja, dos cañones estallaron al efectuar la primera descarga, matando a cuantos estaban cerca y lanzándonos por los aires.
Luchando al ponerse el sol, luchando en la oscuridad, llegaron las diez de la noche. La luna llena estaba alta, nuestras vías de agua aumentaban. Se informó que llevábamos cinco pies de agua.
El maestro cañonero puso en libertad a los prisioneros encerrados en la bodega de popa para darles la oportunidad de salvarse por sí mismos.
Nuestra fragata se incendia.
Alguien dice: ¿Y si nos rindiésemos?
¿Si arriáramos nuestra bandera dejando que ganen la lucha?
Ahora río satisfecho pues oigo la voz de mi pequeño capitán.
No la arriaremos” solemnemente exclama. “Apenas comenzamos con nuestra participación en la batalla.”
Sólo quedan en uso tres cañones.
De uno se encarga el capitán en persona, que apunta al palo mayor del enemigo.
Dos descargas bien servidas silencian sus baterías y arrasan sus cubiertas.
Sólo las cofas secundan el fuego de esta pequeña batería y en especial la cofa mayor.
Ellos aguantan con bravura toda la acción.
Ni un momento de respiro.
Las vías de agua superan con mucho a las bombas. El fuego está llegando a la santabárbara.
Una de las bombas ha volado y en general se cree que nos hundimos.
El pequeño capitán permanece sereno.
No tiene prisa. Su voz no es alta ni baja.
Sus ojos nos alumbran más que nuestros faroles de batalla.
Hacia las doce, allí, bajos los rayos de la luna, se rinden a nosotros.
(36)
Extendida y silenciosa yace la medianoche.
Dos grandes cascos de barco, inmóviles sobre el pecho de la oscuridad.
Nuestro navío a la deriva, se hunde lentamente. Preparaciones para pasar al que hemos conquistado...

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