sábado, 8 de diciembre de 2012

EL RUISEÑOR Y LA ROSA: (FRAGMENTO: OSCAR WILDE)

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una sola rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido en la encina, le oyó el ruiseñor, y miró asombrado por entre las hojas.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! –repetía el estudiante, y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas

                                                                              -0-

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. Te la haré con música a la luz de la luna y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que te pido, en pago, es que seas un sincero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, por más que ésta lo sea, y más fuerte que el poder, por poderoso que éste sea. Sus alas son color de fuego y del color del fuego es su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.

 El estudiante levantó la cabeza del césped y escuchó; pero no pudo comprender lo que el ruiseñor le decía, porque él sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

 Pero el roble si comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas. -Cántame la última canción- le pidió en un murmullo. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas! Y el ruiseñor cantó para el roble, y su voz era como el agua clara al caer en una jarra de plata.

 Cuando hubo terminado la canción, el estudiante se puso en pie y sacó del bolsillo un cuaderno y un lápiz.
Y se encerró en su habitación, echándose sobre su camastro y se puso a pensar en su adorada; al poco rato se quedo dormido.

 Y cuando la luna brilló en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas. Y cantó toda la noche con el pecho clavado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se inclinó para escucharle. Y cantó toda la noche, y las espinas fueron hundiéndose cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida escapaba de sus venas...

 Cantó primero el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una niña, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

 Primero era una rosa pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. Pálida como la sombra de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de la rosa en una laguna. Así fue la rosa que floreció en el brote más alto del rosal.

 Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más, ruiseñorcito –rogó el rosal-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

 Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canción se hizo más y más fuerte porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y una mujer. Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal suplicó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas. -Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

 Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y éstas llegaron a su corazón y una desgarradora punzada de dolor le hizo estremecerse. Agudo y amargo era su dolor, y su canción se hizo más y más salvaje, porque cantó por el amor sublimizado por la muerte, sobre el amor que no muere en la tumba.

 Y la rosa maravillosa se hizo roja como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón. Pero la voz del ruiseñor desfalleció y sus menudas alas palpitaron, y un velo cubrió sus ojos. Más y más débil se hizo su canción y sintió que algo anudaba su garganta.

Entonces exhaló su último canto. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

 La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

 El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

 El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar. -Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa. Pero el ruiseñor no contestó porque estaba muerto sobre la hierba con las espinas clavadas en su corazón. 

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró. -¡Vaya que suerte la mía! –exclamó- ¡Hay una rosa roja!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario